Los aguarunas se extendieron por toda la cuenca del río Cenepa y lo que hoy es una parte del territorio sureño del Ecuador. Pertenecen al grupo lingüístico jíbaro, que abarca también a la lengua de los huambisas, los jíbaros propiamente dichos y los achuares. En Ecuador, los aguarunas toman el nombre de "shuar", pero son del mismo tronco jíbaro.
En el departamento de Amazonas, los aguarunas son mayoría entre las etnias nativas (un 90%, aproximadamente). El paso del tiempo ha determinado que, en gran medida, aguarunas y huambisas se mezclen y conformen una sola etnia. Viven en la provincia de Condorcanqui y forman un consejo aguaruna con alcaldes en distritos como El Cenepa, Santa María de Nieva y Río Santiago.
Siendo por tradición migrantes, un gran contingente aguaruna se asentó en lo que hoy es el valle del Alto Mayo, en el departamento de San Martín. Sin embargo, el aislamiento territorial en el que viven es el principal problema que afrontan estos valerosos indígenas. Ellos constituyen una de las etnias nativas más pobres del mundo. La desnutrición crónica y las enfermedades agobian a sus integrantes. Su carácter libertario les obligó siempre a vivir marginados de la civilización occidental, cultivando, eso si, una riquísima vida espiritual incomprensible para la mayoría de peruanos. La llegada de colonos y la reducción de sus territorios ancestrales los han llevado a los extremos de miseria que hoy en día viven.
Su dieta es a base de plátanos, yuca y animales del monte. Los hombres usan coronas de plumas o tawas. Los más viejos visten el itipac (traje) y la mujer el buchak. Hacen humildes vasijas, ollas de barro y platos, tejen canastas de bejuco y elaboran asientos rudimentarios de madera. Aman su identidad cultural y la defienden singularmente, guiados por una cosmovisión interesante, quizá su más importante aporte a la antropología del Perú.
Creencias aguarunas
En su mundo interior, el aguaruna cree en cinco dioses: Etsa, o el padre Sol, destructor de un demonio de la génesis del mundo, llamado Ajaim; Nugkui, o madre tierra, que le da el cultivo y la arcilla para la cerámica; Tsugki, o madre del agua o del río, que vive en los ríos; Ajútap, o padre guerrero, un alma de los combatientes antiguos que trasmigra continuamente; y Bikut, o gran filósofo awajún, un legendario ser que se transforma en el toé, planta alucinógena que, mezclada con el ayahuasca, les hace conectarse con otros mundos superiores.
Para el aguaruna, todos los hombres tienen dos almas: la iwaji, que sube al cielo, y la iwakni, que se queda en la tierra como pequeño demonio. Para ellos, la selva está llena de almas, de hombres transformados en árboles o en animales. Curiosamente, para ellos, el Chullachaqui, conocido como temido diablillo en otras zonas amazónicas, es una entidad protectora de la ecología, un amigo de las plantas que sólo asusta a los depredadores de la naturaleza.
Sus ceremoniales místicos con toé y ayahuasca les permiten coloridas visiones de la selva, pues guardan un respeto sagrado a la Madre Naturaleza. Los aguarunas mantienen un velo de hermetismo sobre estas ceremonias, aunques en otras partes, como en el Perú, son más accesibles e, incluso, recrean actuaciones turísticas.
Desconociéndose casi todos sus ritos y costumbres, sí se hizo célebre en el mundo la práctica jíbara de "reducir cabezas". Efectivamente, este procedimiento, llamado tzantza, hacía que el nativo momificase y conservara las cabezas de sus enemigos como talismanes guerreros.
Esta práctica se realizaba, y probablemente aún se realice entre los jíbaros más aislados, decapitando el cadáver y luego extrayendo, obviamente, el esqueleto cefálico y facial de la víctima. A continuación se curtía la piel con hierbas, taninos, chamizos y otros ingredientes; se le introducía arena caliente y se la planchaba. En el interior de esa piel que, de ese modo, se reducía de tamaño, se colocaba una piedra pequeña, como nuevo esqueleto, y se conserva el cabello de la víctima. Así, después de cosida en sus ojos y boca, teñida y magistralmente preservada, se logra una "cabeza reducida" con sorprendente parecido al de su infeliz dueño.
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